|
ooUn
día de noviembre de 1975, Charly García junto al creador del sello Mandioca,
Jorge Alvarez, y el dibujante Juan Gatti alucinaron ante un grupo sorprendente
en el Teatro Astral. Entre fuego, humo y virtuosismo fue tal la conmoción
que Charly no sólo se ofreció para debutar como productor con ellos, sino
que también aquel sonido sinfónico, casi inédito en Argentina, operó como
principio motor de su Máquina de Hacer Pájaros. El grupo se llamaba Crucis.
“Lo que permanece en el recuerdo de la gente es haberla conmovido alguna
vez. Crucis tenía eso y ocurría porque funcionábamos como resultado de
una química especial en tiempo y espacio”, dice Pino Marrone, su guitarrista,
a Página/12. El grupo editó dos discos de notable factura –basta desempolvar
y escuchar Corto Amanecer o Los Delirios del Mariscal– y se desbandó,
luego de un frustrado proyecto de grabar el tercer disco en EE.UU. Marrone
y Aníbal Kerpel vivieron juntos un tiempo en Los Angeles, Gustavo Montesano
incursionó en el pop para luego radicarse en Madrid y Gonzalo Farrugia
retornó, luego de un tiempo, a su Montevideo natal. “¿Unirse por la plata
de un día para el otro? No –desestima Marrone–. Consideraría la idea sólo
en términos informales. Es decir, tocar sin agenda y ver qué sale. Pero
es difícil, vivimos lejos uno del otro. Además tendríamos que testear
las aguas y ver si la química aún existe. Ahora hay un grupo que hace
covers nuestros y suena igual, pero no con el mismo efecto metabólico.
Yo le tengo miedo a eso... no estaría en condiciones de unirme para hacer
una copia en piloto automático.”
Pino Marrone tiene 47 años. Ha pasado mucho tiempo entre Crucis y el presente
y lo que siguió en su vida se resume en un ida y vuelta geográfico y musical
entre EE.UU. y Argentina, que lo conectó con variadísimas experiencias,
efectivas para enriquecer su background musical –de hecho escribe artículos
en la Guitar Player, desde 1997–, pero no tanto para conservar el renombre
popular que había adquirido como guitarrista de Crucis. “Los proyectos
a los que me dediqué después fueron más experimentales, con mucho menos
llegada al gran público, ni aquí ni en ningún lugar del mundo”, especifica.
Una pequeña muestra del resultado de esa experiencia (edificada a partir
de cruces musicales con Robben Ford, John Pattituci, Kenny Kirkland, el
contrabajista Bob Magnusson –que participó de su último disco Under the
influence– o los hermanos Pass, John y Joe, Marrone –recién llegado de
los festivales de Jazz de Ottawa y Montreal–) será puesta de relieve hoy
en La Vaca Profana en un dueto sobre estándares de jazz junto a su colega
Sid Jacobs, instructor del Musicians Institute de Hollywood. “Para improvisar
en un mismo nivel con otro, necesitás un vocabulario en común, ganas de
comunicarte y ser buen oyente. Son pocas las personas con las que pude
hacer esto... Sid es uno de ellos, porque, como yo, es discípulo directo
de Joe Diorio. Podemos tocar sin mirarnos, sin cruzar una palabra”, subraya.
–¿Por qué la necesidad minimalista de presentarse
a tocar en dúo?
–Porque lo que predomina en mi manera de sentir la música es la improvisación
y encuentro que con grupos chicos se pueden lograr diálogos muy fluidos,
permanentes. Esto es algo que viene desde Jimi Hendrix, Cream y John Coltrane.
Y que yo tomo como forma de expresión.
–Hay una cuestión que lo enlaza con Gabriela (primera
rockera argentina) más allá de ser su pareja. Tanto ella como usted hablan
de un desencanto con el rock, un alejamiento evidente de él. ¿Por qué?
–Es que el rock como forma de arte que enlazaba música, letra y experimentación
de alto nivel desapareció hace mucho tiempo. Lo que hacían The Beatles,
Jethro Tull, Bob Dylan, Yes o King Crimson ya no existe. La música que
se escucha masivamente hoy es mucho más pobre. No digo que la música popular
haya bajado el nivel, sino que se ha dividido y disparado en un montón
de direcciones que no tienen un rótulo. La música maravillosa ya no se
llama rock... y nunca la vas a escuchar por la radio. El rock no existe
más como arte, porque la gente está más interesada en el negocio que en
el hecho creativo en sí, que puede traer o no exposición masiva.
–¿Y usted cómo se define en este contexto?
–Como resultado de una generación que creció bajo muchísimas influencias.
Una generación ecléctica. Hay una parte mía que puede escuchar a Keith
Jarrett y cinco minutos más tarde escuchar a Keith Richards, Yes, Dylan,
Stravinsky o Coltrane. Hay gente que me dice: “¿Vos sos jazzero?” y me
respuesta es: “Me gusta algún jazz. O algún rock...”. Puedo disfrutar
tocando con un baterista como Black Amaya tanto como con Joe Pass. Uno
se conecta a nivel estético y espiritual con un montón de cosas, de ahí
que sea difícil de rotular.
–¿Qué representa para usted haber sido parte de
Crucis?
–A menudo me encuentro contestando reportajes en radios de Nueva York,
en los que me preguntan cómo Crucis pudo hacer lo que hizo. Nunca hubiese
sospechado 30 años atrás que iba a existir gente en el mundo interesada
en nosotros.
|